Me: ¿Podemos separar nuestro yo físico de nuestro yo digital?

Hoy en día, todos tenemos una identidad digital. Más o menos controlada, pero nuestra actividad día a día deja una huella en internet y la vincula de forma irrevocable a nuestra identidad física: cualquier perfil personal o profesional, los contenidos digitales que publicamos, nuestros contactos, email y teléfono, e incluso las transacciones electrónicas que realizamos. El rastro puede ser más o menos accesible, pero está ahí.

Con el auge del personal branding y de las redes sociales y profesionales los usuarios han empezado a ser más conscientes, y por lo tanto a controlar, su identidad digital. No solo se preocupan por su visibilidad en internet, sino por su reputación y la privacidad de sus datos e información.

Pero esta identidad digital también tiene, o tenía, un lado oscuro. Una persona puede crear diferentes identidades en internet, o suplantar la identidad de otra a partir de la información que encuentra en la red, por no hablar del robo de datos personales, financieros y de acceso a cuentas y servicios.

Teniendo esto en cuenta, no es extraño que uno de los principales retos del sector financiero sea la identificación y autenticación fiable de los usuarios en sus procesos de onboarding o en la solicitud de créditos o financiación por internet.

Por una parte, para ofrecer a sus clientes la seguridad y confianza necesarias en el proceso operativo. Por otra, porque el fraude de identidad se traduce cada año en pérdidas de entre el 1% y el 4% de su facturación.

Pero es precisamente esta identidad digital lo que permite realizar una comparación cada vez más precisa y sin fisuras de la persona física con la persona digital, y por lo tanto una verificación mucho más fiable e inequívoca.

Las nuevas soluciones no se limitan a autenticar el documento y sus medidas de seguridad, y a realizar un matching de este con la persona. Se comprueba también que la persona exista con una prueba de vida o liveness, que mediante un filtro de vivacidad es capaz de distinguir si se trata de la persona real o una fotografía a través de ciertos movimientos.

Pero en el 2017 las soluciones dan un paso más: se verifica que el email y teléfono que el usuario ha facilitado estén operativos, y se geolocalizan para, mediante un complejo algoritmo, detectar movimientos que no sean lógicos o coherentes. Por ejemplo, resultaría anómalo que una persona con identidad radicada en Guadalajara registrara cientos de movimientos ordinarios en Nueva Zelanda.

Además, mediante un sistema de análisis de las redes sociales (SNA) se comprueba si los perfiles tienen parámetros de actividad anormales.

Así, la identidad digital ya no es una brecha de seguridad para las personas, sino que es un elemento más fácilmente controlable por parte del usuario de cara a su reputación y privacidad, y una herramienta para las empresas para prevenir el fraude bancario y la suplantación de identidad.

El proyecto Me, creado por ICAR y FacePhi y que se presenta en el próximo MWC 2017 en Barcelona, apunta precisamente a este nuevo concepto de identidad real y digital sin fisuras, para una operatividad más segura, fácil y rápida. Un nuevo y revolucionario modelo de banca digital.